800 años de Poder: Los datos más sorprendentes de la Historia de los Alcaldes de Cartagena
1. Una ciudad que se gobierna a sí misma
Existe la creencia errónea de que Cartagena es una ciudad cuya estructura institucional es fruto de la modernidad reciente. Nada más lejos de la realidad. El verdadero «ADN» del cartagenero, más allá de las piedras romanas o el legado fenicio, reside en su capacidad de autogobierno, un latido que comenzó a bombear con fuerza en el año 1246.
Fue entonces cuando el rey Fernando III el Santo concedió el Fuero de Córdoba, constituyendo formalmente el concejo medieval. No somos solo herederos de un puerto estratégico; somos los sucesores directos de una línea de poder que no se ha roto en ocho siglos. El Ayuntamiento actual no es una oficina administrativa moderna, es la evolución viva de aquel primer consejo que decidió el destino de esta bahía frente al Mediterráneo.
2. El bastión castellano que «Ganó» a Murcia por 25 Años
Cartagena no fue un simple peón en el tablero de la Reconquista; fue la joya de la corona, el puerto que Castilla necesitaba para respirar. Debido a su valor militar, la ciudad nació como tierra de realengo, dependiendo directamente del Rey y no de señores feudales.
Hay un dato que todavía hoy espolea el orgullo local: Cartagena fue plenamente castellana un cuarto de siglo antes que la propia ciudad de Murcia. Mientras Murcia seguía bajo un protectorado musulmán, en Cartagena ya se aplicaba la ley castellana. Esta identidad quedó grabada a fuego en nuestra memoria colectiva. Siglos después, en 1808, durante la Guerra de la Independencia, las autoridades locales no clamaron por un rey lejano al oponerse a Napoleón. Formaron la Junta Suprema y, desde el balcón, el grito que unió a la ciudad fue un rotundo:
«¡Castilla, Castilla, Castilla!»
3. El Alcalde que los Comuneros respetaron: Vasco de Quiroga
En 1520, la alcaldía mayor de Cartagena estuvo en manos de un jurista brillante: el licenciado Vasco de Quiroga. Su gestión técnica y su integridad fueron tan excepcionales que protagonizó un hecho insólito durante la rebelión de los Comuneros. Mientras en toda España los representantes del poder real eran expulsados o linchados, Cartagena decidió que Quiroga debía quedarse. Su sentido de la justicia pesaba más que la rabia contra la corona.
Aquel joven que aprendió a administrar justicia en nuestra ciudad terminó cruzando el océano hacia Nueva España (México). Allí, aplicó la misma ética humanitaria para proteger a los indígenas de los abusos, fundando hospitales y comunidades utópicas.
«Vasco de Quiroga, el ‘Tata Vasco’ venerado en México y hoy en proceso de canonización, forjó su temple como líder en los despachos de la Cartagena del siglo XVI. Tuvimos un alcalde que, muy pronto, podría ser reconocido como santo.»
4. Un cargo de alto riesgo: Encadenado por corsarios
En el siglo XVI, el bastón de mando se compartía con la espada. Cartagena era la frontera contra el Imperio Otomano y la piratería berberisca. En 1573, el alcalde mayor Pedro Monreal Chacón no se quedó tras su escritorio cuando las atalayas avisaron de naves enemigas en La Manga. Salió al frente de las milicias locales, pero cayó en una emboscada turca.
La máxima autoridad de la ciudad terminó encadenada y cautiva, con un rescate fijado en 1.000 ducados. Fue necesaria la solidaridad de los vecinos y una aportación directa del Rey Felipe II para liberarlo. Ser alcalde no era entonces un privilegio de despacho, sino un sacrificio personal que podía costarte la libertad o la vida.
5. Leopoldo Cándido: Guerra al «Mosquito del Almarjal»
A finales del siglo XIX, el enemigo no venía por mar, sino desde los pantanos. El Almarjal, una zona pantanosa insalubre, era el nido del mosquito que diezmaba a la población con fiebres y epidemias. En este contexto, surge la figura de Leopoldo Cándido, un médico que entendió que la política municipal era, ante todo, salud pública.
En 1891, creó el Servicio Municipal de Higiene, una suerte de «seguridad social» local que ofrecía asistencia a quienes no podían pagarla. Su labor fue tan vanguardista que en 1895 administró, por primera vez en España, el suero antidiftérico para salvar a un niño. Cándido fue el alcalde que sacó a la ciudad del «corsé» de las murallas y el fango para llevarla a la vanguardia científica europea.
6. Alfonso Torres y el milagro del Agua
La historia de Cartagena también es una historia de paradojas. Alfonso Torres, alcalde durante la dictadura de Primo de Rivera en los años 20, nunca pasó por las urnas. Sin embargo, resolvió el problema más antiguo y angustioso de la ciudad: la sed.
Tras una presión asfixiante en los despachos de Madrid, logró la creación de la Mancomunidad de los Canales del Taibilla. El recibimiento popular fue tan apoteósico que, a pesar de ser un cargo nombrado a dedo, fue aclamado como «Alcalde Perpetuo». Torres demostró que, a veces, un perfil técnico y una obsesión por el progreso estructural pueden transformar una ciudad más que mil discursos.
7. Del caos republicano a la «Ciudad Museo»
No siempre hubo estabilidad. Durante la Segunda República, Cartagena vivió momentos de ingobernabilidad absoluta: 14 alcaldes en apenas dos años. La tensión era tal que algunos cargos se decidieron lanzando una moneda al aire o, en los momentos más oscuros, bajo la amenaza directa de una pistola en el salón de plenos.
Este contraste resalta la figura de Pilar Barreiro, la primera mujer en el cargo y quien ostenta el récord de longevidad con 20 años de mandato (1995-2015). Su ciclo cerró la crisis industrial de los 90 para apostar por el turismo cultural, recuperando el Teatro Romano y el Foro del Molinete. Sin embargo, este éxito tuvo una sombra que hoy es un reto urgente: mientras el patrimonio brillaba, el casco histórico se vaciaba de residentes. Ganamos una joya turística, pero perdimos el pulso cotidiano de sus vecinos.
Conclusión: Una cadena de nombres que no debe olvidarse
Tras años de bucear en los archivos, hemos logrado identificar a 232 personas que han ocupado el sillón municipal desde 1391 (fecha en la que aparece perfectamente documentado Nicolás de Aniorte). Y sabemos que esta lista no representa ni la mitad de los que realmente han servido a la ciudad desde 1246.
Mi misión como cronista es que estos nombres no se pierdan en el polvo de los legajos. Cartagena merece que su nómina de alcaldes figure de forma permanente en las paredes del Palacio Consistorial. Es una cuestión de dignidad histórica.
Si hoy pudieras sentarte en ese mismo sillón de madera noble, bajo los techos del palacio que soñaron tus antecesores… ¿Qué decisión tomarías tú para que Cartagena te recordara con orgullo dentro de otros 600 años?